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| el poeta Mariano |
Con el permiso de la autoridad o sin ella aquí... los poemas que mis compañeros de "Letras para la poesía" recitaron, y recité, ayer en la presentación del poemario de Mariano Martínez Luque...
"Voces en el silencio"
Los mases duermen rubores
Recita:
Marco Negredo
Turbena
de tarde lenta, Turbena de cielo azul.
Allí
la fiesta del trigo, cordero, romero y pan.
Allí
le entregué en el fuego miradas de tarde rubia.
Pinturas
de caserones con lustros en los tejados,
Cenallo
también se asoma a la pasión y el olvido.
El
humo de la memoria ya no tiene voz ni tiempo;
sólo
me queda esta sombra de una dama de cristal.
Sonaron
en la llanura voces de oveja y de perro.
De
Híjar hasta Albalate el aire sabe a cebada.
Querer
se quiere despacio mientras el sol se deshace
con
brillos de oro y de rojo sobre un horizonte mate.
La
noche llega sin luna a los campos de ceniza.
Borrasca
de brisa y tiempo, sus ojos de lirio azul;
sus
manos de nata y plumas acarician el zaguán;
ágilmente
late y late mi corazón indomable.
Amor
que duro es tenerte sin percibir tus abrazos,
sin
escuchar tus aromas rozando la piel del mar.
Los
mases duermen rubores, de arcilla, paja y cemento.
La
noche llega sin luna sobre la vid y el silencio.
Migajas de
la luna
sobre las
torres mudéjares,
plomo en el
cielo,
un rostro
salino, apático,
tras el
cristal de la memoria,
y un
cansancio de invierno.
Llueve......
Sobre el
papel la pinto
otra vez de
azul y nata,
en frases
que corren sin prisa,
como estas
brumas de algodón,
como estas
sombras, mudas y apasionadas.
La lluvia
canta.....
Observo el
agua inquieta
de los
torbellinos barrosos
en las
cárceles del asfalto:
las
brillantes rendijas
engullendo
este llanto del cielo.
Y otra vez,
no puedo evitarlo:
su
recuerdo....
Y allá se
van sus sombras nebulosas,
mientras en
la parsimonia de la tarde
siento el
murmullo de la santa María
entre el
chasqueo de las cuentas del rosario;
Y allá se va
su desnudez de frío
mientras
continúa la cantinela del asfalto:
azul y
blanco....
Siempre entre los árboles
Recita: Ariel
En la
habitación blanca, entre olor a medicinas,
mientras yo
dormitaba en la butaca de escay,
escuché que
me hablabas de los tiempos de mi infancia:
de aquel
viejo cerezo, que el jardín de Begoña,
espiraba
también sus días,
mostrando un
tronco arrugado, retorcido y seco.
Recordé
contigo aquellos brotes de ramas, sin apenas hojas,
junto a la
parra joven, que ascendía por la otra esquina,
agarrándose
a la pared, como una amante presumida;
Al
membrillero alto con porte de ogro y traje de felpa verde,
o, al
albarcoquero pequeño del patio de
Roumaldo,
Exponiendo
sus frutos como pasteles de boda,
de colores
rojizos, anaranjados y blandos.
En la
habitación blanca de aquel hospital,
en la ciudad
de Alcañiz,
entre el
sonido de los coches y el murmullo de la gente en los pasillos,
te seguí
observando, mi querido padre, a veces de pie y a veces sentado,
mientras
volvías otra vez a narrar tu vida, en retazos cortos.
Y, en todas
las ocasiones, describías en murmullo,
esas vivencias de tu tierra lejana, allá en el
sur;
Y siempre el
paisaje aparecía en mi recuerdo,
el paisaje
entre las sombras de los fantasmas del tiempo,
el camino de
los huertos plagado de bancales y nogales viejos,
los campos
de la vega donde murmuraba aquel
castaño,
amores de
otro tiempo: grabados de navaja en su tronco inmenso;
El camino de
Fuente Santa hacia el Chimeneón rojizo,
en la
antigua fragua de las minas de plata.
En la
habitación blanca de tus últimos días,
el paisaje
de tu tierra, y también de la mía,
se repitió
en tus palabras, entre silencios y toses,
una y otra
vez, como una letanía.
“El chisco
de San Antón con su pilila y tooo”
en la noche
nevada de aquel Enero, ¡tan frío!
Ramas y más
ramas de los chaparros del monte,
ardían en
las puertas donde se reunían los vecinos.
“El chisco
de San Antón, con su pilila y toooo… “,
gritabas al
aire frío mostrando tu calva roja, y tu
alegría del vino.
Con el
crepitar de las ascuas, la hoguera lanzaba destellos,
rojos
intensos de fuego, mientras en el cielo, la luna,
Iluminaba
los campos, mientras entre la nieve y la bruma,
emergían los
almendros,
los sauces
llorones, las moreras peladas
y los
cipreses del cementerio.
Otra vez los
árboles, como silenciosos seres de cuento,
siempre
estaban allí, cercanos y accesibles,
en la
memoria tuya, y también en la mía,
mientras a
través de la ventana, escuchabas,
como yo lo
escucho ahora, este sonido del viento,
este cierzo
de Aragón, que movía, levemente,
las hojas
de los árboles en la Avenida.
Si no hubo luna en la noche,
en la noche de San Juan,
¿ya no salieron las brujas,
a rondar con las escobas,
por el cielo, hacia la mar?
¿Ya no hubo magia en las plazas,
sin hogueras danzarinas,
que muchachos y muchachas
se atreviesen a saltar?
¿Ya no hubo sueños de amor,
momentos de poesía,
que en esta noche de magia
se hiciesen realidad?
La lluvia siguió cayendo,
mientras las musas dormían,
envueltas en nubes de agua,
envueltas en la nostalgia,
envueltas entre los sueños.
El hechizo del solsticio,
siguió la línea del tiempo,
y entre los truenos y rayos,
tras un repentino elipsis,
surgió la quimera del fuego.
Las musas se despertaron,
al soplo de un leve viento,
y en las plazas de los pueblos,
danzaron como luciérnagas,
miles de brujas a un tiempo.
El agua seguía cayendo,
recorriendo los bancales,
tiznando las piedras de barro,
abrillantando las hojas y flores,
reverdeciendo los huertos.
Y allá por el amanecer,
en el horizonte turbio y denso,
de las montañas del este,
la luna, dorada y fresca,
se levantaba en silencio,
desnuda como las sirenas,
mientras el sol la abrazada
entre el rumor de un tibio beso.
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